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El cuerpo está hecho para actuar

Personas corriendo, montando en bicicleta, jugando al fútbol y cuidando un jardín en un parque, que ilustran las muchas formas en que el cuerpo humano está hecho para actuar.

Nos movemos por el mundo haciendo cosas. Cruzamos una habitación, preparamos comida, llevamos una bolsa, hablamos, creamos algo, resolvemos un problema o nos acercamos a otra persona. Actuar puede requerir un esfuerzo físico considerable, un movimiento preciso de las manos o unas pocas palabras dichas en el momento adecuado. Dentro de The Health Shift, Actuar incluye el ejercicio y el movimiento cotidiano, junto con las maneras en que trabajamos, jugamos, creamos, nos expresamos e interactuamos con el mundo que nos rodea.

El cuerpo humano cambia según cómo se utiliza. Los músculos se fortalecen cuando trabajan regularmente contra resistencia. Los huesos responden al peso y al impacto. El corazón y los pulmones se vuelven más capaces de sostener un esfuerzo prolongado, y el equilibrio y la coordinación se desarrollan con la práctica. Cuando estas capacidades se usan poco, disminuyen. Después de una enfermedad o de un período de reposo en cama, subir escaleras o llevar la compra puede requerir de repente mucho más esfuerzo que antes.

Las actividades cotidianas ya le exigen algo al cuerpo. Levantarse de una silla utiliza los grandes músculos de las piernas. La jardinería implica estirarse, levantar, agacharse y trabajar con las manos. Caminar hasta las tiendas pone en marcha el corazón, los pulmones, los músculos, los huesos y el equilibrio. Estas actividades ayudan a mantener el cuerpo activo, aunque la vida moderna ya no nos proporciona todos los tipos de desafío físico que necesitamos.

Ejercicio y capacidad física

El ejercicio planificado nos permite desarrollar capacidades que quizá reciben poca atención en la vida cotidiana. El ejercicio cardiovascular exige al corazón, los pulmones y la circulación mantener el esfuerzo. Caminar a paso ligero, ir en bicicleta, nadar y correr pueden ofrecer este desafío cuando elevan la frecuencia cardíaca y la respiración. El entrenamiento de fuerza aplica resistencia a los músculos y los huesos. El equilibrio mejora con la práctica, especialmente cuando nos movemos más allá de las posiciones estables y las superficies conocidas que encontramos cada día.

La postura también depende de cómo usamos el cuerpo. No existe una única posición que resulte cómoda durante horas. La fuerza, la movilidad y la coordinación nos permiten sostenernos, responder a una carga y cambiar de posición. Estirarse, inclinarse, levantar peso, girarse y levantarse con regularidad suele importar más que intentar mantener el cuerpo perfectamente inmóvil.

Caminar con regularidad puede aumentar la resistencia y favorecer la salud cardiovascular. Una vez que el cuerpo se ha adaptado, puede que aporte muy poca resistencia para conservar la fuerza. Los ejercicios de fuerza generan una exigencia diferente, mientras que el equilibrio necesita momentos en los que la estabilidad se ponga realmente a prueba. El ejercicio funciona mejor cuando le da al cuerpo varios motivos para adaptarse.

Movimiento a lo largo del día

Para la mayoría de las personas, el ejercicio ocupa solo una pequeña parte de la semana. El movimiento durante las horas restantes proviene de caminar por un edificio, limpiar, trabajar, subir escaleras, jugar con un niño o levantarse de una silla. Estas acciones se acumulan a lo largo del día, al igual que las horas que pasamos sentados.

Alguien puede hacer ejercicio varias veces por semana y permanecer sentado la mayor parte del tiempo entre una sesión y otra. Un trabajo físicamente activo puede implicar horas caminando, levantando peso y cambiando de posición sin que nunca se describa como ejercicio. El cuerpo experimenta el patrón completo: el entrenamiento planificado, el movimiento cotidiano y los largos períodos en los que ocurre muy poco.

El movimiento también puede cambiar cómo nos sentimos y funcionamos en ese momento. Usar las piernas después de una comida ayuda a los músculos a captar glucosa de la sangre. Cambiar de posición puede aliviar las molestias después de estar sentado. Un paseo corto puede interrumpir varias horas de concentración y crear cierta distancia respecto a un problema que ha empezado a dar vueltas en círculo.

La acción es importante para la salud porque nos permite participar en la vida. A través del trabajo, utilizamos nuestras capacidades y dirigimos nuestro esfuerzo hacia algo que importa más allá de la actividad en sí. El empleo remunerado puede ofrecer esto, pero también cuidar de otra persona, preparar una comida, cultivar alimentos, reparar algo o contribuir a una comunidad. Estas actividades pueden dar forma al día y dejar pruebas visibles de que nuestros esfuerzos han marcado una diferencia.

Una vida saludable no puede consistir únicamente en tareas útiles. El juego crea espacio para la curiosidad, el placer y la espontaneidad. Podemos encontrarlo en el deporte, la música, el baile, el humor, los juegos o una actividad que nos absorbe sin una razón práctica. Jugar puede liberar tensión, interrumpir pensamientos repetitivos y unir a las personas sin requerir una conversación seria. La risa compartida, la competición amistosa o hacer música con alguien pueden crear conexión casi de forma espontánea.

El trabajo, el juego y la creatividad a menudo se entrelazan. La jardinería puede ser una tarea doméstica, un proyecto creativo, actividad física y tiempo compartido con otra persona. Cocinar puede ser un cuidado rutinario un día y una oportunidad para experimentar otro. Dibujar, escribir, construir o resolver un problema práctico nos invita a tomar decisiones y responder a lo que va surgiendo. Cuando sentimos que la vida está determinada en gran medida por las circunstancias, crear algo puede devolvernos una pequeña sensación de influencia: ahora hay una comida, una silla reparada, unas líneas en el papel o un rincón del jardín que antes no existía.

La expresión también forma parte de la acción. Nos comunicamos mediante palabras, gestos, expresiones faciales, ropa, música y la manera en que respondemos a otras personas. Algunas experiencias solo se vuelven más claras cuando les damos una forma: al hablar, escribir, dibujar, movernos o crear algo con las manos. Lo que permanece difuso en nuestro interior se convierte en algo que podemos observar, compartir o reconsiderar.

Gran parte de esto ocurre en contacto con otras personas y con el mundo que nos rodea. Adaptamos nuestros pasos a un terreno irregular, aprendemos cómo el agua sostiene el cuerpo y observamos cómo alguien responde a nuestras palabras. Conversar requiere escuchar y responder. La cooperación nos pide coordinar nuestras acciones. Descubrimos lo que podemos hacer al intentarlo, corregir y volver a intentarlo.

La salud no ocurre en compartimentos separados. Cada fundamento influye en los demás. Explora otra dimensión de tu salud:

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