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¿Qué es la regulación emocional?

Foto del escritor: Dr. Saartje Jooris
Dr. Saartje Jooris
22 sept
4 min de lectura

Actualizado: 29 sept

Parte 1 — Cómo se desarrolla una emoción


Una mujer hace una pausa tras leer un mensaje inquietante; sostiene el teléfono con una mano y apoya la otra sobre el pecho mientras nota su reacción emocional.

Recibes un mensaje que te inquieta. Tal vez alguien cancela un plan a última hora o su respuesta suena extrañamente distante. Antes de decidir qué pensar, notas que estás conteniendo la respiración. Se te tensan los hombros. Lees el mensaje otra vez, buscando algo que quizá se te haya escapado. Un minuto después ya estás imaginando una conversación que todavía no ha ocurrido.


A menudo hablamos de las emociones como si llegaran completamente formadas: me enojé, sentí ansiedad, me dolió. Pero una emoción también es un proceso que se desarrolla con el tiempo. Ocurre algo, nos fijamos en ciertos detalles, les damos un significado y el cuerpo se prepara para responder. A veces todo esto lleva varios minutos. Otras veces parece suceder de inmediato. En cualquier caso, hay más en juego que una sensación dentro de la mente.


Regular las emociones significa influir en ese proceso. Podemos cambiar algo de la situación, dirigir la atención a otro lugar, revisar una interpretación, ayudar al cuerpo a recuperar cierta calma o elegir cómo actuar mientras la emoción sigue presente. A veces también significa permitir que una emoción siga su curso, porque intentar eliminarla complicaría las cosas. El objetivo no es estar tranquilos todo el tiempo. Hay momentos en que el enojo nos señala que se ha cruzado un límite, la tristeza nos deja hacer espacio para una pérdida y el miedo nos ayuda a tomar en serio un riesgo real. Sentir todo eso forma parte de responder a la vida.


Al mismo tiempo, una emoción no es un veredicto. Sentirte rechazado no demuestra que alguien haya querido rechazarte. Sentir culpa no significa necesariamente que hiciste algo malo. Y sentir enojo no implica que lo primero que te dan ganas de decir sea lo que realmente quieres decir. Las emociones pueden contener información valiosa, pero todavía queda trabajo por hacer: entender qué pasó, considerar qué otras explicaciones podrían ser ciertas y decidir cómo quieres responder.



El cuerpo ya forma parte de la historia

Una mujer sostiene una taza con ambas manos y escucha atentamente durante una conversación difícil; su cuerpo muestra la tensión que acompaña a la emoción.

Piensa en una conversación difícil. Quizá sientas calor en la cara, el corazón más rápido, un vacío en el estómago o el impulso de interrumpir antes de que la otra persona termine de hablar. Esos cambios no son simples efectos secundarios de una emoción. Influyen en lo que resulta fácil o difícil hacer a continuación. Cuando estás muy activado, puede costarte escuchar con atención o mantener abiertas varias explicaciones posibles. Tal vez hables con más dureza de la que querías, te retires o empieces a justificarte largamente.


La atención también cambia. Del mensaje que recibiste, quizá una sola frase empiece a destacar mientras la calidez de intercambios anteriores pasa a un segundo plano. Tu mente llena los vacíos. Puede que aciertes al interpretar el mensaje, pero en este momento tienes tanto una observación como una interpretación, y ambas pueden sentirse sorprendentemente parecidas. Una emoción suele estrechar el campo hacia lo que parece más urgente. Eso puede ser útil cuando de verdad hay que actuar de inmediato. En una conversación ambigua, también puede llevarte a responder a una conclusión que aún no has comprobado.


Después aparece el impulso. El enojo puede empujarte a confrontar; la ansiedad, a buscar que te tranquilicen; la vergüenza, a desaparecer; la tristeza, a dejar de intentarlo. Un impulso es una propuesta de un sistema que intenta protegerte o ponerte en movimiento. A veces señala un buen camino. Otras, seguirlo te alejaría de lo que necesitas. Hacer una pausa no exige discutir con la emoción. Abre un pequeño espacio entre lo que siento ganas de hacer y lo que elijo hacer.


Todas estas partes se influyen entre sí. Un cuerpo acelerado puede hacer que un pensamiento parezca más alarmante. Una interpretación inquietante puede mantener al cuerpo en tensión. Una respuesta precipitada puede convertir un intercambio incierto en una discusión real. Por el contrario, alejarte unos minutos de la pantalla, hablar con alguien de confianza o hacer una sola pregunta para aclarar lo sucedido puede cambiar lo que viene después. La regulación no ocurre en una única parte de la persona.



No tienes que calmarte primero para responder bien

Una mujer deja el teléfono a un lado y se detiene un momento en el jardín para elegir cómo responder, mientras la emoción sigue presente.

Es fácil convertir la regulación emocional en otra exigencia: Debería estar más tranquilo. Ya tendría que haber superado esto. Esa exigencia suele añadir vergüenza a un momento que ya es difícil. Una pregunta más útil podría ser: ¿Qué está pasando en mí y qué requiere este momento? A veces la respuesta es esperar a que tu cuerpo esté menos activado. A veces puedes decir con sinceridad: «Estoy alterado y necesito un momento antes de que sigamos». Otras veces necesitas actuar pronto aunque sientas miedo. Regularse bien no siempre se ve desde fuera como calma.


También importan las condiciones en las que vivimos. Una persona que ha dormido mal, tiene dolor, lleva semanas bajo estrés o se enfrenta una y otra vez a un entorno difícil puede tener menos margen de maniobra. Eso no justifica ignorar el efecto de nuestra conducta sobre los demás. Sí nos invita a mirar más allá de la idea de que toda reacción emocional se resuelve encontrando el pensamiento o el ejercicio de respiración adecuado.


Vuelve al mensaje de tu teléfono. Quizá al final descubras que lo entendiste mal. Quizá haya un problema real entre tú y quien lo envió. O quizá todavía no lo sepas. El primer paso no exige certeza. Puede consistir simplemente en notar que tu cuerpo se ha tensado, que tu mente le ha dado un significado al mensaje y que estás a punto de actuar desde esa interpretación. Esa pequeña conciencia no hace desaparecer la emoción. Te ofrece un lugar desde el cual elegir.



Este es el primer artículo de una serie de tres sobre regulación emocional. En la parte 2 veremos qué ocurre cuando reprimimos lo que sentimos, evitamos las situaciones que lo despiertan o seguimos pensando mucho después de que pensar haya dejado de ayudarnos.



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Referencias y lecturas adicionales

  • Paul and Eve Ekman, Atlas of Emotions — un mapa interactivo de estados emocionales, desencadenantes y posibles respuestas.

  • Gross, J. J. (1998). “The emerging field of emotion regulation: An integrative review.” Review of General Psychology.

  • Palmer, C. A., et al. (2024). “Sleep loss and emotion: A systematic review and meta-analysis of over 50 years of experimental research.” Psychological Bulletin.

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